Virgen de Lourdes
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La historia de la aparición de la Virgen de Lourdes es, también, la maravillosa
historia de una niña llamada Bernardita, pobre, ignorante y quebrantada de
salud, pero elegida por Dios para una gran misión.

Un 11 de febrero de 1858, el último día de Carnaval, en una mañana fría y
lluviosa, Bernardita, su hermana y una amiga se dirigieron al bosque a buscar
leña para calentar la casa.

Mientras que su hermana Antonieta y su amiga Juana cruzaban el río Gave para
buscar leña, Bernardita se quedó sentada en una roca, al pie de la Gruta de
Massabielle. Allí comienza la maravillosa historia.

Cuando descansaba, Bernardita oyó un sordo ruido como proveniente de un
trueno lejano. Intrigada, miró a su alrededor y no vió nada, pero entonces, el
ruido se presentó nuevamente y cuando Bernardita volteó hacia la Gruta observó
como un rosal silvestre que estiraba sus ramas por una abertura de la roca, se
agitaba como sacudido por un fuerte viento. Al mismo instante, del fondo de la
gruta salió una inmensa nube dorada y tras ella, una joven señora que se posó en
la rama más alta del rosal.

La señora era bellísima. Llevaba un vestido blanco, sujeto al cuello por un cordón
de seda, también blanco, y una ancha cinta azul a la cintura, con un precioso
velo blanco que le bajaba de la cabeza a los pies. Tenía las manos juntas con un
rosario de perlas blancas y sobre los pies desnudos, que asomaban por debajo del
vestido, fulguraban dos grandes rosas de oro.

La señora sonrió a Bernardita y le hizo una señal para que se acercara.
Bernardita cerró los ojos y los volvió a abrir. No estaba soñando, la señora era
real. Instintivamente, sacó el rosario del bolsillo y se puso a rezar. Seguidamente,
la señora hizo un gesto de aprobación y empezó también a rezar el rosario.
Terminado el rezo, la señora retrocedió hacia el interior de la gruta y desapareció
en una nube dorada.

Bernardita comentó lo sucedido a Antonieta y a Juana, y les hizo prometer que
no contarían nada. Sin embargo, las niñas no pudieron contenerse y
rápidamente la noticia se corrió como pólvora.

Bernardita había prometido a la señora ir a la gruta durante 15 días seguidos y
así lo hizo. Mientras tanto, la curiosidad de los habitantes del pueblo de Lourdes
y otros poblados vecinos aumentaba y cada día era mayor el número de personas
que acompañaban a la niña a la gruta.

Aunque únicamente la pequeña niña podía ver a la señora, las demás personas
eran testigos de la transformación que Bernardita sufría cuando estaba ante la
gruta. En otras palabras, entraba en éxtasis, su cara se quedaba pálida pero
resplandeciente, y hermosa como la de un ángel. Su mirada fija en la entrada de
la cueva acompañada de una expresión de serenidad y alegría.

Bernardita fue a ver al obispo, quien le pidió una prueba: "la señora debía hacer
florecer un rosal en presencia de todos los testigos que acudían a la gruta". Sin
embargo, esta prueba no fue concedida. En su lugar, la señora dio una prueba
mucho más valiosa y perdurable: el último día de los quince, la señora pidió a
Bernardita que cavara con sus manos la tierra al pie de la gruta, la niña obedeció
e inmediatamente comenzó a brotar un manantial al pie de la gruta. Las
personas comenzaron a tomar de esa agua para llevar a los enfermos y ese mismo
día los primeros milagros sucedieron: un hombre ciego lavó sus ojos con el agua y
pudo ver nuevamente, una mujer bañó a su hijo paralítico y éste pudo caminar.

En lo sucesivo fueron muchos los milagros que sucedieron y que aún hoy, más de
un siglo después, siguen sucediendo en la Gruta de Massabielle, en Lourdes,
Francia.
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Hecho en Italia,
por artesanos
italianos y
pintado a mano.
Stock limitado.